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Ciudad de México se convierte en un paraíso del trabajo remoto para estadounidenses, pero los residentes locales están siendo excluidos

A Sandra Ortiz le cuesta hablar sobre el restaurante de su familia sin echarse a llorar.

“Llegaron y nos dijeron que teníamos cinco minutos para sacar todo”, dijo Ortiz, recordando el desalojo de su familia en febrero.

Ortiz, de 55 años, y sus cuatro hermanos se habían hecho cargo de Tortería Colima de manos de su padre, quien la inició como una panadería en 1968. Los hermanos la expandieron a un restaurante, que se hizo popular entre los habitantes locales de la Ciudad de México.

Durante 54 años, la familia Ortiz manejó su negocio desde la planta baja de un edificio de cuatro pisos, ubicado en una esquina concurrida de la cada vez más codiciada colonia Roma.

Pero en los últimos años, la familia vio cómo cambiaba la comunidad que los rodeaba. Una afluencia de extranjeros, en su mayoría de Estados Unidos, inspiró a los propietarios mexicanos a renovar y remodelar sus propiedades para acomodar a los recién llegados mejor acomodados. Ortiz observó cómo los visitantes y turistas de repente se convertían en vecinos a tiempo completo.

“Los precios son mucho más altos”, dijo. “Es difícil porque muchos de estos extranjeros vienen y tienen mucho dinero para poder gastar en estos apartamentos y alquileres”.

El arrendador de los Ortiz siguió la tendencia comercial. La familia trató de responder y mantener su espacio, pero después de una larga batalla legal, finalmente fueron desalojados en febrero. Más de medio siglo de pertenencias se apilaron en la calle cuando fueron expulsados. El edificio ahora está siendo transformado en apartamentos de alta gama.

“Mucho dolor… Me lastimaron mucho”, dijo Ortiz, lavando platos junto a dos de sus hermanas. Ahora trabajan en otro restaurante, ya no como propietarios sino como empleados, en un lugar mucho menos céntrico que Tortería Colima.

Ortiz admitió que los efectos paralizantes del covid-19 y el aumento de la inflación mundial han agravado la situación, y no culpa a los extranjeros por querer visitar la Ciudad de México. Pero le preocupa que a medida que lleguen más expatriados estadounidenses para quedarse, más locales serán expulsados.

Mientras se realizan renovaciones en los pisos sobre su restaurante ahora cerrado, al otro lado de la calle se encuentra una tienda con un letrero que atrae a los nuevos residentes. El letrero dice: “Hello Mexico City!”… Sí, en inglés.

“¡Por favor váyanse, no los queremos aquí!”

No es difícil para los habitantes locales entender el atractivo de mudarse de Estados Unidos a la Ciudad de México.

“Es bonito, su dinero vale más aquí, pueden vivir en una casa o un apartamento bien bonito y grande, crear una vida mejor”, dijo Fernando Bustos Gorozpe. “Pero no es que haya interés en participar y entender la cultura local aquí”.

Bustos Gorozpe es un profesor universitario que nació y creció en la Ciudad de México. Notó que la tendencia de los expatriados estadounidenses que viajan a la capital de México se aceleró con el covid-19, ya que México tenía menos restricciones fronterizas que otros países. Eso coincidió con un número creciente de empresas estadounidenses que permiten a sus empleados trabajar de forma remota. Muchos optaron por hacerlo al sur de la frontera, en la Ciudad de México.

El Departamento de Estado de Estados Unidos dice que 1,6 millones de ciudadanos estadounidenses viven en México. Pero no sabe cuántos viven y trabajan allí con visas de turista. El gobierno mexicano tampoco rastrea esos datos, pero registró más de 5,3 millones de turistas estadounidenses que volaron a los aeropuertos mexicanos de enero a mayo de 2022. Eso es casi un millón más en comparación con el mismo período en 2019.

La agente de bienes raíces Edyta Norejko dijo que recibe docenas de llamadas semanales de estadounidenses que preguntan sobre mudarse a la Ciudad de México.

“Muy a menudo es de Los Ángeles o la ciudad de Nueva York”, dijo, y agregó que la mayoría busca evitar el aumento del costo de vida en Estados Unidos y sacar provecho de un tipo de cambio fuerte.

En 2014, Norejko, originaria de Polonia, y su esposo, Eduardo Alvarez, originario de la Ciudad de México, crearon su firma de bienes raíces pensando en los extranjeros. Dicen que alrededor del 70% de su negocio proviene de clientes fuera de México que aspiran a vivir en la capital del país.

“Hay muchos beneficios por los extranjeros que viven en la Ciudad de México”, dijo Norejko, refiriéndose a los ingresos por turismo generados por los estadounidenses que viajan a México. “Los necesitamos.”

En los primeros cinco meses de 2022, el turismo de viajeros estadounidenses generó casi US$ 11,500 millones en ingresos para México, según la Secretaría de Turismo del país. Eso está en camino de superar los niveles previos a la pandemia.

“Es dinero que entra, pero que solo va a parar a manos de unos pocos”, dijo Bustos Gorozpe. “Y los lugareños terminan desplazados porque ya no pueden pagar por esas zonas que se han vuelto muy caras”.

En colonias como Roma y Condesa, cafés encantadores y restaurantes de moda ahora atienden a expatriados de habla inglesa. Bustos Gorozpe ha notado que menos extranjeros hacen el esfuerzo de hablar español y, en algunos casos, suponen que los locales deben entender inglés. Eso ha llevado a que aumenten las frustraciones entre algunos residentes.

“Por supuesto, esto no es como, ‘Odiamos a la gente de afuera’”, dijo Bustos Gorozpe.

Pero Bustos Gorozpe dijo que los letreros colocados en una comunidad aburguesada expresan una ira creciente.

“Dicen: ‘¡Por favor váyanse, no los queremos aquí!'”.

Nómadas digitales

Entre los expatriados estadounidenses que han acudido en masa a la Ciudad de México en los últimos meses se encuentra Erik Rodríguez, de 37 años.

Rodríguez originalmente viajaba a la Ciudad de México como turista y ahora vive en la ciudad y trabaja de forma remota como analista de desarrollo económico para una agencia con sede en Estados Unidos.

Aunque sus abuelos nacieron en México, Rodríguez admitió que no está en la Ciudad de México para redescubrir sus raíces o mejorar su español, el cual habla poco. Él está allí para ahorrar dinero mientras disfruta de un estilo de vida de calidad.

“En San Diego, mi departamento (un estudio) costaba probablemente US$ 2.500 (al mes)”, dijo. “Aquí tengo un apartamento de una habitación y pago $800 al mes”.

Rodríguez y otros llamados ‘nómadas digitales’ se pueden ver en los cafés de la ciudad o en los parques, con las computadoras portátiles abiertas, ocupados en el trabajo. Dijo que cuando llegó por primera vez a la Ciudad de México, se sintió bienvenido.

“Creo que había una sensación de ‘queremos que la gente venga aquí para estimular la economía. Gracias por estar aquí’. Pero sé que recientemente ha habido quejas de los lugareños sobre el efecto que los expatriados que viven aquí han tenido en su propio estilo de vida”, dijo.

Rodríguez dice que no está seguro de quedarse en México a largo plazo. Pero, agregó, “está empezando a sentirse como el hogar”.

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Cultural

Los ataques de la Alemania nazi que llevaron a México a entrar en la Segunda Guerra Mundial hace 80 años (y el momento transformador que generó para el país)Pero el suceso a la postre también representaría un parteaguas de una época transformadora para la sociedad y economía mexicana. “Si algo cambió la cara de México en el siglo XX, fue la entrada a la Segunda Guerra Mundial”, le dice a BBC Mundo el historiador César Valdez, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Y es que el hundimiento del Potrero del Llano -y otro buque más, el Faja de Oro, siete días después- llevaron al México de la preguerra, con un desarrollo lento, a industrializarse y sentar las bases de lo que hoy es un vigoroso intercambio económico con Estados Unidos. Una potencia con la que comparte frontera y que hasta ese entonces despertaba un gran sentimiento de antagonismo entre los mexicanos de la época. Los hundimientos México, al igual que muchos países de América Latina, se habían mantenido al margen de la Segunda Guerra Mundial desde que estalló el conflicto en septiembre de 1939. La postura entre los países de América Latina era de no intervención, aunque muchos gobiernos -entre ellos el mexicano- sí condenaron las invasiones de la Alemania nazi.La Alemania nazi de Adolf Hitler no mostró un plan claro para incluir a México en su bando, pero hubo algunos intentos de inteligencia. Pero el ataque de Japón a la base estadounidense de Pearl Harbor, en diciembre de 1941, cambió las cosas. Estados Unidos entró en la guerra y los países del continente comenzaron a enfrentar presiones para definirse. México, siendo el país a las puertas del territorio estadounidense, estaba en una posición compleja. “Estados Unidos hace un montón de informes de inteligencia y se los manda a México. Había nombres de empresarios, de políticos, de descendientes de alemanes”, señala Valdez. En esas circunstancias se dio el hundimiento de los buques petroleros mexicanos por parte de submarinos alemanes que ya tenían presencia en aguas cercanas a los países de América. El Faja de Oro sufrió una suerte similar al Potrero del Llano: el 20 de mayo, un submarino alemán U-106 hundió al barco en el estrecho de Florida y murieron 9 de los 37 tripulantes. “El hundimiento de los barcos mexicanos no es un caso aislado”, le explica a BBC Mundo el historiador Veremundo Carrillo-Reveles, del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM). “Hay toda una estrategia por parte del ejército alemán por tratar de cortar todos los suministros que se están enviando, de petróleo y de otros productos básicos, hacia Inglaterra”, añade.Barcos de Argentina, Brasil, Cuba, Colombia y Venezuela también fueron hundidos en el Atlántico. La declaración de guerra Ante la nula respuesta alemana a la exigencia de compensación por parte de México, el gobierno de Manuel Ávila Camacho pidió al Congreso una declaración de guerra. “Se declara que, a partir del día 22 de mayo de 1942, existe un estado de guerra entre los Estados Unidos Mexicanos y Alemania, Italia y Japón”, establecía el documento. “El 13 de mayo el ataque vino. No decidido y franco, sino desleal, embozado y cobarde, asestado entre las tinieblas y con la confianza absoluta en la impunidad. Una semana más tarde se repitió el atentado frente a esta reiterada agresión, que vulnera todas las normas del derecho de gentes y que implica un ultraje sangriento para nuestra patria”, le dijo el presidente Ávila Camacho a la nación.En los hechos, el país no esperaba ni tenía capacidad de enviar una fuerza militar al frentede batalla en Europa, Asia o los océanos, pues el ejército mexicano en realidad era muy limitado. Había unos 50.000 efectivos que no conformaban brigadas ni divisiones, y la aviación contaba con solo 25 aviones, por lo que no había posibilidades de abrir una ofensiva. La defensa del país era igual de limitada. “El país no tenía fuerza antiaérea para repeler cualquier ataque del Pacífico”, señala Valdez, pues la principal preocupación del momento era la llegada de Japón a las costas mexicanas. Si bien para EE.UU. era bueno contar con México entre los aliados, la endeble posición militar del país se convirtió en una situación de cuidado.La declaracón de estado de guerra de México se conserva en el Archivo General de la Nación de México. “Para Estados Unidos esto es terrible, porque desconfían plenamente del gobierno mexicano y de su ejército. Entonces lo primero que comienzan a hacer es a sugerirle a México que transforme determinados rasgos de sus fuerzas armadas”, explica Valdez. A través de la Ley de Préstamos y Arrendamientos, EE.UU. empezó a ofrecer recursos económicos, provisiones militares y asistencia técnica para reforzar la posición de México. “México modifica totalmente su sistema de defensa, creando tres comandos: Pacífico, Golfo e Istmo. Teníamos cubierta la posible invasión japonesa por el Pacífico, resguardando el petróleo en el golfo de México, y el Istmo por la posible entrada por Centroamérica”, explica Valdez. Una lanzadera de desarrollo Además del mejoramiento militar, México vivió a partir de la entrada en la guerra un momento único de desarrollo económico que transformaría la realidad del país en poco tiempo. Y es que el país entró en una época de industrialización que en los esfuerzos de guerra era muy necesaria para proveer a Estados Unidos y los aliados de recursos. “Fue un momento crucial para la historia del siglo XX mexicano, porque se acelera tu industrialización por las necesidades de la guerra”, explica Carrillo-Reveles.El presidente Manuel Ávila Camacho encontró una punto de apoyo importante para negociar con EE.UU. al ser México un país estratégico en la región. “Entran muchísimas divisas que ayudan a que el país tenga un despegue”, añade. Además, comenzó el programa “Braceros” que permitió a decenas de miles de mexicanos trabajar legalmente en Estados Unidos, lo que dio pie a la primera gran migración a ese país. “Se van a trabajar no solo en los campos agrícolas, sino también en los ferrocarriles, en la industria”. Estados Unidos no podía permitirse que el país vecino cayera en el bando contrario, por lo que le dedicó buena parte de su atención. “Probablemente hubo cierta dosis de presión norteamericana para entrar [en la guerra]. Pero lo que no deja de llamar la atención es cómo estos políticos mexicanos aprovechan ese contexto para lanzar económicamente a México, que va a irse consolidando en los siguientes años”, señala Valdez. En los siguientes 20 años, México vivió un crecimiento económico notable que llegó a llamarse el “milagro mexicano”.Estados Unidos dio la bienvenida a miles de trabajadores mexicanos durante la Segunda Guerra Mundial. Antes de la guerra, “a México lo siguen viendo en el contexto internacional como un país de sombreros y pistolas”, dice Valdez. La vieja enemistad Más allá de los acuerdos políticos, entrar en la guerra no era algo popular para el pueblo mexicano. Una encuesta, de las primeras que hubo en el país, explica Carrillo-Reveles, mostraba que cerca del 70% de los mexicanos no apoyaba el que México participara en la Segunda Guerra Mundial. Y acompañar a Estados Unidos en un esfuerzo bélico era igual de impopular. En la década de 1930 se cumplió un siglo de la anexión de Texas por parte de EE.UU. y estaba por llegar el centenario de la guerra con Estados Unidos en la que México perdió la mitad de su territorio (1848). “Había un sentimiento histórico antiestadounidense muy fuerte, y también antibritánico, porque hay que recordar que después de la expropiación petrolera de 1938, Inglaterra rompe relaciones con México”, señala Carrillo-Reveles.Además, el gobierno mexicano enfrentaba inestabilidad política, tanto por los grupos opositores de los sectores de la izquierda, incluidos los comunistas, como de los derechistas, con grupos alineados a la ideología fascista. La guerra, sin embargo, fue aprovechada por el gobierno para cerrar flancos: “Surge la oportunidad de transformar el discurso de enfrentamiento político que provoca el cardenismo [del gobierno de Lázaro Cárdenas, 1934-1940] en una política de unidad nacional para los mexicanos”, indica Carrillo-Reveles. Y hubo una muy intensa campaña de propaganda gubernamental -apoyada desde EE.UU., advierte Valdez- para convencer a los mexicanos de las razones de estar con los aliados. “No hay secretaría de Estado mexicana que no haya impreso un cartel donde la bandera mexicana y la norteamericana aparezcan juntas. Pero no necesariamente creo que se haya diluido ese sentimiento en contra de Estados Unidos”, explica el historiador. El Escuadrón 201 en batalla Pese a las limitadas posibilidades de México, el gobierno envió un contingente fuera de su territorio: el Escuadrón 201 de la Fuerza Aérea Mexicana. Acompañó a la 5ª Fuerza Aérea de EE.UU. en su campaña contra el imperio japonés en Filipinas.El expresidente Lázaro Cárdenas, una figura fuerte del nacionalismo, sirvió para que el gobierno tuviera respaldo popular a la guerra. A pesar de la desconfianza de la contraparte estadounidense, los pilotos mexicanos ejecutaron ataques en picada peligrosos en julio de 1945 en los alrededores de Manila. Su participación se dio a solo unas semanas de que se produjeran los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki que pusieron fin al conflicto en Asia. “Fue una contribución mexicana en la medida de sus posibilidades”, explica Valdez. “Ellos entraron en acción de guerra, iban a combatir a los japoneses, tuvieron entusiasmo, tuvieron miedo, Estuvieron en guerra porque México estaba en guerra”, dice el historiador ante la concepción que se creó años después de que la participación mexicana fue simbólica. Aquellos pilotos mexicanos no tenían idea de que estaba por terminar la guerra del Pacífico con una operación altamente secreta para lanzar bombas atómicas.México participó en la campaña que encabezaba Estados Unidos en el Pacífico, en países como Filipinas. Pero más allá de lo que hizo el Escuadrón 201, Carrillo-Reveles destaca cómo México tuvo una contribución importante en la victoria de los aliados a través de todo el apoyo de fuerza laboral e industrial a Estados Unidos. “Contribuyen de manera muy importante a que la economía de Estados Unidos no pare y que pueda mantener incluso a flote a una Europa que está colapsada completamente”, señala. Por mucho tiempo circularon versiones sin sustento, señalan los historiadores, de que Estados Unidos fue el que hundió al Potrero del Llano y el Faja de Oro. “Hoy no hay absolutamente ninguna evidencia de que haya sido Estados Unidos”, apunta Valdez. En cambio, el tiempo mostraría que la guerra fue un momento transformador para México: “Y si se piensa, todo esto es producido por el hundimiento de un barco”.